Escribe: Jesús Santisteban Ávila - santispuno@gmail.com
“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar…” (Machado)
Febrero, fiesta de la Mamita Candelaria y asamblea de retorno de los hijos ausentes. Mes de evocación y saludos a las familias puneñas que reservan el mejor queso de la temporada para acompañar al choclo de Urubamba.
Ahora que mencionamos al Cusco sería gratificante que algún historiador regional pudiera desentrañar del archivo eclesiástico local, información que aclare dos versiones populares en relación al culto de la Mamita Candelaria.
La primera de ellas ubica el envío de dos imágenes de vírgenes, desde España en el siglo XVI. Transportadas por caminos escarpados de la cordillera, la imagen destinada al Cusco se quedó en Puno. En cambio la que originalmente debía quedarse con nosotros pasó a Paucartambo, 109 km. al noreste del Cusco.
A raíz del cambio –por error o intención del arriero encargado del traslado- los Qhapaq Kolla, adecuadamente disfrazados y en compañía de sus diablos, recurren a la estrategia de bailar en la festividad de la Mamacha Carmen de Paucartambo, con el propósito de recuperar su imagen y trasladarla al Altiplano. Finalizada la alegría del 16 de julio los Qhapaq chunchos derrotan a los kollas en feroz batalla restableciendo la tranquilidad, pero sólo hasta el siguiente año en el que los kollas –como hace mucho- insistirán en recuperar la imagen que corresponde al Kollao. Queda pendiente informar en qué momento y bajo qué circunstancias las imágenes llegadas a Paucartambo y a Puno se convirtieron en Mamacha Carmen y en Mamita de la Candelaria, respectivamente.
Los kollarrunas, actores de un comercio itinerante, pertinaz e interesado se constituyeron en tradicionales compradores de hoja de coca y semilla de papa dulce, productos que obtenían de los feraces valles de Paucartambo. Nos corresponde imaginar la presencia de recuas de camélidos sudamericanos en caravanas alto andinas, transportando chalona, lana, sebo, carne deshidratada. Embajadores culturales de amistad y de intercambio de idiomas.
El regreso al Altiplano, después de transcurrido no sabemos cuánto tiempo, debió ser sucesión de experiencias a lo largo de un camino en ascensión. Ubicadas en su destino final, las hojas de coca buscarán a los chiuchis, tradicionales aliados en los “pagos” de reverencia al fuego y al viento; al agua y a la tierra. Las semillas de papa dulce, sembradas en surcos de naturaleza hostil y exigente, exhibirán sus primeras manifestaciones de verdor, llenando de esperanza y alegría, el ánimo de aquellos agricultores del frio y de la altura.
La segunda versión alude cierta figura reflejada en el cielo azul de la Cruz del Sur, cuyos ejes parecen coincidir con los santuarios de la Virgen de Lujan en Argentina, de la Virgen Morena de Copacabana en Bolivia y de la Virgen Puneña a orillas del Titicaca. Esta trilogía estimularía la subsistencia cultural del territorio compartido: Cosquin, Oruro, Puno.
Y fueron nuevamente nuestros antepasados alto andinos quienes, a través de idénticos recorridos itinerantes, trajinaron por los territorios de Chukyago y Cochabamba hacia las Yungas. Inclinados por la devoción a la Virgen Morena de Copacabana, le rendían homenaje en su templo, y de paso consultaban al yatiri aymara presidiendo la sesión de magia adivinatoria. Viajes hacia los valles, intercambio y fortalecimiento cultural. En algún momento Puno formó parte del virreinato del Río de La Plata y los tributos regionales se administraron en Chucuito, Ciudad de las Cajas Reales.
Tratando de sintonizar novedades en las bandas bolivianas de la fiesta de febrero, pude identificar un tema del cancionero de La Quiaca, difundido en versión de Los Fronterizos. Fragmento de la letra dice: “vamos quiaqueño, vamos a bailar, nada de tristezas, me quiero alegrar, hasta que amanezca con esta canción, porque mañana paso a Villazón. Me voy a Bolivia, me voy al Perú, voy a ver la fiesta de la Cruz del Sur.”
Recordé la plasticidad de la música de nuestra América Morena, elegancia sutil para ubicar adeptos aquí y allá; eslabón anímico de impacto permanente; música y mensajes poéticos siempre dispuestos a exaltar expresiones de la vida, del amor.
Con singular simpatía también recordé el esfuerzo de numerosos estudiantes puneños dispuestos a iniciar estudios universitarios en Argentina. Ellos, desde nuestros lares, emprendían viaje hasta Villazón, vertiente del territorio chapaco, uno de los más alegres y festivos del campus boliviano: “… soy de aquel valle de las flores, del cielo andaluz cubierto de luz, ebrio de colores…”. De Villazón a la Quiaca un pasito y luego el ferrocarril de entonces -pausado y resignado- los transportaba hasta su destino.
Estudiantes puneños, sensibles en su nostalgia, emotivos cuando les tocan las fibras emocionales, escogían canciones para recordar: zambas y chacareras argentinas, sintiéndolas originarias de aquel jarawi imperial llegado hasta Tucumán, convertido en baguala y después en melodía del alma. Llegada la hora del retorno vacacional organizaban su equipaje con música escogida para ensueño del amor ausente y entusiasmo de la bohemia participante.
En Puno, con el estrepito de las bombardas del alba mañanero, toda la creación despertaba dispuesta a enfrentar un programa esperado. Mientras unos se apoderaban del “kuntur chico” para el homenaje a la fiesta -deshaciendo el ramillete de canciones echadas al viento por Antonio Tormo desde Cuyo-, los otros se instalaban en los “altos de jalisco” para abrazar a la Pachamama, con melodías de Gilberto Rojas.
Así llego la primera hornada de cantos y tonadas, de armonía y de sentimiento. Se adueñaron de nuestras emociones, títulos como Desde el Alma; Canción del linyera; Mis harapos; Desde Mendoza a San Juan (“yo no sé, yo no sé lo que yo tengo, para ser, para ser tan digraciao. Mi tomao, mi tomao mas de tres litros y apinas, apinas estoy chispeao…”
En tiritas de papel para copiar las letras se quedaron con nuestras guitarras: Cunumisita, el Camba (..por mi Santa Cruz, mi tierra oriental, yo quiero bailar en el carnaval..) y por supuesto algo que nadie se olvida: “a los bosques yo me interno a dar mis quejas llorando y los bosques me contestan …”
Como quien no quiere se alzaban los primeros tragos de San Germán y Pacarán para incorporarnos al abrazo multitudinario en homenaje a la Santa Tierra.
Después, hasta ahora, hasta siempre, identificada la senda del ir y del venir, el flujo festivo de febrero traería a Puno otros tonos, otros estilos, otros cantores. Atawalpa Yupanqui (Noches de Tucumán, Piedra y camino), los Chalchaleros, los Cantores de Killa wasi, los Fronterizos, Ariel Ramírez, Eduardo Falú. Surgieron otros bohemios y nuestro pueblo supo entonar, “ay por qué me haces sufrir implorando tú querer, si mañana has de llorar viéndome con otra...” Incorporada a nuestro estilo escucharíamos Zamba de la Candelaria, Trago de sombra y la voz de Alfredo Zitarrosa diciéndonos: “no te olvides del pago si te vas pa la ciudad; cuanti más lejos te vayas más te debes de acordar…”
Sólo un minuto. Elevamos una flor blanca en recuerdo a Justo Obando Enríquez y otra en el de Javier Fuentes Arias, nuestros amigos. Su alegría contagiante subsiste cuando evocamos zambas, taquiraris y tonadas de tierra adentro.
Ese es Puno en instantánea de frenesí. Homenaje a nuestra Cultura con el retorno de sus hijos ausentes. Imposible imitarlo. Imposible transportarlo a otros escenarios. Podrán copiar su forma su colorido y tal vez hasta su multitud. Nada más. Lo nuestro es camino recorrido por milenios. Voz de instrumentos que arrullaron el paso de las horas. “Ganas de gritar la dicha de haber nacido en el lugar donde nacimos.” Febrero, abrazo a nuestra Tierra; homenaje a la Virgen Puneña, la Mamita Candelaria, imagen que nunca dudó de quedarse con nosotros porque sabía que acá, las cosas son diferentes.




